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sábado, 27 de septiembre de 2025

La vida oscura de Rodrigo Calderón

Rodrigo Calderón es uno de esos personajes de la corte de los Austrias cuya vida parece sacada de una novela negra barroca: ascenso meteórico gracias al favor del valido, lujos y excesos, intrigas palaciegas, acusaciones de brujería y asesinato, y una ejecución pública que fue espectáculo multitudinario.


Rodrigo Calderón.


Nació en Amberes, entonces territorio de España, su padre fue un militar al servicio de la monarquía española. Llegó joven a la corte madrileña y entró al servicio del duque de Lerma, el todopoderoso valido del rey Felipe III. Su inteligencia, habilidad cortesana y desparpajo le hicieron ganar rápidamente influencia; fue secretario del duque y acabó acumulando cargos y prebendas.

Calderón amasó una fortuna descomunal, casas suntuosas, obras de arte, joyas, incluso su propio palacio madrileño, hoy desaparecido, en la calle Mayor. Sus coetáneos lo describen como arrogante, ambicioso y dado a los lujos. La envidia hacia él era inmensa, pues no provenía de la nobleza de alto rango, sino que se “encaramó” gracias a su habilidad y a la protección del duque de Lerma. Fue señalado como cómplice en el asesinato de Francisco de Rojas, marqués de Denia, su rival político. También se le acusó de hechicería y pactos con brujas, se decía que recurría a magos y astrólogos para afianzar su poder. Estas acusaciones eran muy comunes en la propaganda contra los “advenedizos”. Su amplio número de enemigos en la Corte amplificaron las acusaciones de corrupción y del desgobierno de Lerma.

En 1618, Felipe III destituyó al duque de Lerma, que se salvó gracias a la inmunidad conseguida tras ser nombrado nombrado cardenal. Rodrigo Calderón, en cambio, quedó desprotegido. Fue detenido en 1620. El proceso judicial fue largo y turbio, había muchas acusaciones pero pocas pruebas firmes. Finalmente, se le condenó por el asesinato de Francisco de Juarás, un pleito más bien circunstancial, aunque el trasfondo era político, había que ofrecer un “chivo expiatorio” de la corrupción del periodo de Lerma. El 21 de octubre de 1621 fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid, recién inaugurado el reinado de Felipe IV. La ejecución fue un espectáculo popular, acudió muchísima gente. Se cuenta que Rodrigo Calderón subió al cadalso con gran serenidad, rezando y mostrando entereza, lo que sorprendió a muchos. Su muerte fue vista como un mensaje del nuevo régimen, “se acabaron los abusos de los favoritos del rey anterior”.

Su ejecución pública se narró con morbo en crónicas y panfletos, alimentando la leyenda negra. La frase popular “A lo Rodrigo Calderón” quedó como sinónimo de caída estrepitosa tras haber gozado de gran poder, también fue inspiración literaria ya que aparece en romances y crónicas del Siglo de Oro como ejemplo de la inestabilidad de la fortuna.


sábado, 30 de abril de 2022

La otra cara de Agripina

 

Hasta hace pocos años Agripina, una mujer poderosa en el imperio romano, llevó colgado el sambenito de ser malvada y cruel. Una investigación de la historiadora británica Enma Southon echó por tierra esa imagen.


Busto de Agripina.


Hermana de Calígula, esposa de su tío Claudio y madre de Nerón. Agripina la Menor, que vivió entre los años 15 y 59, hija del general Germánico y de la intrigadora Agripina La Mayor, fue la mujer que más cerca del poder estuvo en el imperio romano en una era llena de incestos, de complots con asesinatos, con locuras y todo tipo de depravaciones, según contaron los historiadores Tácito y Suetonio en los Anales y Vidas de los doce Césares, respectivamente. Agripina quedó siempre retratada como una asesina, mató a su esposo, y como una mujer malvada , ya que intrigó contra su hermano, y que llegó a la cultura popular de la mano de series como Yo, Claudio,en los años 60 del siglo pasado.

Aunque recientemente en una nueva biografía de la historiadora británica Emma Southon, titulada Agripina. La primera emperatriz de Roma (Pasado y Presente) muestra otro perfil hasta hace poco desconocido, ya que fue una gran diplomática y política. En opinión de la citada historiadora “si se le hubiera permitido gobernar en su propio nombre, habría dirigido bien Roma y se le hubiera recordado como un buena emperadora igual que hoy se recuerda a Marco Aurelio”.

Según las publicaciones de Southon fue una mujer que en realidad, tuvo una vida muy frustrante ya que, como a cualquier otra romana, le pusieron muchos obstáculos para participar en la administración diaria del imperio.

La historiadora mantiene que la mala prensa de Agripina como tirana procede de autores que quedaron consternados por sus acciones como mujer política. Las mujeres que actuaron en política eran consideradas monstruos por los hombres. Tácito, por ejemplo, la retrata como un símbolo de corrupción y depravación de la familia julio-claudia y de ahí viene la caracterización de malvada. Además, insiste en que presencia femenina en Roma acabó en buena parte silenciada por la historia, ya que solo aparece en los textos cuando tiene algún tipo de relación con un hombre poderoso, y siempre es por las acciones relacionadas con ellos.

Agripina, aunque sólo vivió 44 años, tuvo una existencia extraordinaria y llena de vicisitudes. La casaron a los 13 años con un hombre décadas mayor que ella, fue princesa, su hermano Calígula, con quien se afirma que tuvo relaciones sexuales, la envió al exilio, mataron a toda su familia y, cuando regresó, consiguió que se cambiara la ley para casarse con su tío Claudio. Después se rebelaría contra todos para que su hijo Nerón fuera proclamado emperador. Para Southon, la vida de Agripina tuvo muchos altibajos, pero también mucho instinto de supervivencia y nunca permitió que la humillaran. Aunque al final, su posición le pasó factura. Nerón acabó enviando a varios sicarios para que la mataran.

sábado, 29 de mayo de 2021

El hombre más malo de España

 

Antonio Pérez del Hierro, que fue secretario del rey Felipe II, era conocido como el hombre más malo de España, dicen que por su lengua de serpiente. A Antonio Pérez, al que se le atribuyen muchos de los males de la España del siglo XVI, era inteligente, pícaro, atrevido y valiente, pero acabó juzgado por traición a la corona y por asesinar a Juan de Escobedo.


Antonio Pérez del Hierro.


Parece ser que nació en Valdeconcha (Guadalajara) entre los años 1940 y 1542. Su familia era de origen aragonés que procedía de Monreal de Ariza (Zaragoza). Su padre Gonzalo había sido ordenado sacerdote en fechas anteriores a su paternidad, sus enemigos le acusaron de haber engendrado a Antonio tras su ordenación, acusación siempre negada por Gonzalo pero que empañaría el origen de Antonio. Nunca esclareció quién era la madre del niño, posiblemente la doncella Juana de Escobar. Fue legitimado por el emperador como hijo de Gonzalo Pérez, uno de los más importantes secretarios de Carlos I de España y V de Alemania.


Protegido por Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, Antonio Pérez se educó en las universidades de Alcalá, Lovaina, Salamanca y Padua. Al morir su padre en 1556 pasó a ocuparse de la secretaría real interinamente, recibiendo confirmación oficial de su cargo en 1567.


En las luchas políticas de la corte destacó como un gran intrigante alineado con la facción de su protector, el príncipe de Éboli, contra el duque de Alba y contra don Juan de Austria. Y acabó asesinando al secretario de Juan de Austria, Juan de Escobedo, en posible connivencia con Felipe II. Este crimen sería utilizado por el rey contra Antonio Pérez cuando descubrió que su secretario le espiaba para el papa Pío V, acusación que no podía hacer directamente por ser la monarquía española y el papado dos potencias amigas, al menos en teoría.


En 1579 Antonio Pérez fue detenido, al tiempo que su amante, la princesa de Éboli y sustituido como secretario del rey por el cardenal Granvela, aunque en realidad Pérez siguió desempeñando la secretaría hasta 1584. Se le acusó inicialmente de corrupción, cargo del que había abundantes pruebas y diez años después se le acusó además del ya citado asesinato de Juan de Escobedo, sometiéndole a tormento como requería el proceso judicial en la época.


Después de once años en la cárcel, Pérez consiguió huir disfrazado de Madrid y refugiarse en Aragón, en donde se acogió a la protección del derecho foral alegando ser hijo de un natural de aquel reino. Su causa quedó así unida a la defensa de las libertades aragonesas frente a la corona. El rey hizo entonces que le acusara de herejía la Inquisición, única institución con jurisdicción en toda España, pero el tribunal inquisitorial fracasó en el intento de hacerse con el reo, ante la agitación de las masas populares que dieron paso a las llamadas alteraciones de Aragón.


Dispuesto a imponer su autoridad, Felipe II envió un ejército a Zaragoza, que tampoco consiguió prender a Pérez, que ya había huido a Francia con ayuda del Justicia Mayor de Aragón, Juan de Lanuza. Mientras las autoridades forales aragonesas se levantaban en armas contra el rey por lo que entendían una violación de sus fueros, Antonio Pérez era acogido calurosamente en la corte francesa. Fue juzgado y condenado en su ausencia por la Inquisición, que confiscó sus bienes y quemó públicamente una estatua de él.


Durante años asesoró tanto a Enrique IV de Francia como a Isabel I de Inglaterra en sus acciones militares contra Felipe II. Se dedicó también a publicar escritos contra el rey, que suministraron gran parte del material con el que se tejió la leyenda negra contra la monarquía española. Desde la muerte de Felipe II perdió interés político y, pobre y marginado, murió en el exilio en París en 1611 sin haber conseguido el perdón de la corona.

sábado, 17 de abril de 2021

La princesa que murió encerrada

 

Ana de Mendoza, más conocida como la princesa de Éboli tuvo una gran influencia en la corte del rey Felipe II pero terminó muriendo encerrada por orden del rey. Fue una de las mujeres de más talento de su época, y se la consideró como una de las damas más hermosas de la corte española. La pérdida de su ojo derecho, la imagen con el parche la hizo reconocible para todos, fue producida por la punta de un florete manejado por un paje durante su infancia. Una figura cuya historia está rodeada de leyendas y de datos históricos no suficientemente contrastados, que han dado lugar a numerosos equívocos sobre su biografía.


Princesa de Éboli.


Ana Mendoza de la Cerda era la única hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, y de Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes. Se concertó su matrimonio con el príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva y Téllez de Meneses, en 1552, aunque la unión no se llevó efectivamente a cabo hasta siete años después. Durante su estancia en la corte entabló una estrecha amistad con la reina Isabel de Valois.


Poseedora de una de las mayores fortunas de España, a la muerte de su esposo en 1573 se retiró al convento de carmelitas de Pastrana (Guadalajara), casa que había sido fundada a expensas suyas por Santa Teresa de Jesús. Allí entorpeció los trabajos que se realizaban porque quería que se construyesen según sus dictados, lo que provocó numerosos conflictos con monjas, frailes, y sobre todo con Teresa de Jesús, fundadora de las carmelitas descalzas.


La princesa quería ser monja y que todas sus criadas también lo fueran. le fue concedido su deseo a regañadientes por Teresa de Jesús y se la ubicó en una celda austera. Pronto se cansó de la celda y se fue a una casa en el huerto del convento con sus criadas. Allí tenía armarios para guardar vestidos y joyas, además de tener comunicación directa con la calle y poder salir a voluntad. Ante esto, por mandato de Teresa, todas las monjas se fueron del convento y abandonaron Pastrana, dejando sola a Ana de Mendoza. Antes de marcharse publicó una biografía tergiversada de la que después fue santa Teresa, lo que produjo el escándalo de la Inquisición española, que prohibió la obra durante diez años.


Después de los referidos seis meses de agitada vida conventual fue obligada por el rey a renunciar a los hábitos y a hacerse cargo, en conformidad con el testamento de su esposo, de la tutoría de sus hijos y de la administración de los bienes heredados por éstos.


A raíz de su regreso a la corte comenzó una etapa de su vida caracterizada por la intriga y el escándalo, fruto de su personalidad caprichosa y voluble y de las supuestas relaciones amorosas, las supuestas con el propio monarca, con Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, y con Antonio Pérez, secretario real y cabeza visible de la facción ebolista desde la muerte del príncipe.


En este punto habría que señalar respecto a sus supuestos amores con el rey, que varios historiadores niegan esa relación, simplemente porque las fechas no cuadran. En el tiempo de los supuestos amores, el rey estaba en Inglaterra y ella aun siendo una niña, aunque ya casada, vivía en España en casa de sus padres. Además, si estos hubiesen sido ciertos, cuando el rey se casó por tercera vez con Isabel de Valois, resultaba extraño que ninguno de los embajadores franceses enviara a la madre de la reina, Catalina de Médicis, algún tipo de mensaje para informar del asunto, sin mencionar el amor incondicional que Felipe II demostraba a Isabel.


Por otra parte, sí parece probable que la princesa de Éboli y Antonio Pérez mantuvieran relaciones y negociaciones secretas con los rebeldes flamencos y portugueses, hecho del que habría tenido conocimiento Juan de Escobedo; para evitar que Escobedo revelase el secreto se le acusó de una grave conspiración política supuestamente urdida con Juan de Austria. El 31 de marzo de 1578, Escobedo fue asesinado por orden de Antonio Pérez, seguramente con el consentimiento real.


La princesa de Éboli aprovechó la influencia de Pérez y su conocimiento de los secretos de Estado para satisfacer sus ambiciones políticas y sus necesidades económicas. La concesión de dignidades eclesiásticas y la venta de información política reservada figuran entre los negocios más fructíferos en que ambos intervinieron. A la muerte del rey Sebastián de Portugal (1578), la princesa volvió a colaborar con Pérez con el fin de apoyar la candidatura de la duquesa de Braganza al trono portugués, oponiéndose así a las pretensiones dinásticas de Felipe II en este mismo sentido.


Al tener conocimiento de estas intrigas y al percatarse de que había sido engañado en el asunto de Escobedo, el monarca se vio en la necesidad de ordenar, el 18 de julio de 1579, el encarcelamiento de la princesa de Éboli y de Antonio Pérez, hecho que dio lugar al episodio más importante de las llamadas Alteraciones de Aragón. Acusada de pródiga, Ana Mendoza de la Cerda fue encerrada en la Torre de Pinto (Madrid) y luego en la fortaleza de Santorcaz, en las cercanías de Pastrana; en 1581 el rey le permitió retirarse a su villa de Pastrana, donde permaneció hasta su muerte confinada y exonerada de la tutela de sus hijos.