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sábado, 21 de diciembre de 2024

El Pasadizo del Panecillo

 

El Pasadizo del Panecillo, es una vía escondida en el Madrid de los Austrias, una diminuta callejuela que permanece cerrada al público, aunque antes fue un lugar muy concurrido, lo que provocó que se colocaran rejas en uno y otro extremo.


Pasadizo del Panecillo.


El Pasadizo del Panecillo, situado en el barrio de La Latina, transcurre de la Plaza del Conde de Barajas a la Calle de San Justo. Es una calle estrecha en forma de escuadra. La conforman tres edificios de gran valor histórico. La Basílica de San Miguel, que es la Nunciatura Apostólica, La Casa Palacio del Conde de Miranda y el Palacio Arzobispal, residencia del arzobispo de Madrid.

Lo más curioso de este pasadizo es su nombre. Al parecer, a comienzos del siglo XIX, don Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio, arzobispo de Toledo, puso en marcha la peculiar costumbre de entregar un trozo de pan a los vagabundos que lo solicitasen, a través de una de las ventanas del Palacio Arzobispal, con la única condición de que antes hubiesen escuchado misa. Esta curiosa anécdota hizo que, para siempre, la callejuela cambiase su nombre original de Pasadizo de San Justo por el de Pasadizo del Panecillo.

El hecho de que a través de las ventanas del palacio se pudiera conseguir algo de comida para saciar el hambre, provocó que se dieran cita gran cantidad de ciudadanos de las clases más desfavorecidas.

Los robos y reyertas eran frecuentes. La gente se peleaba por el botín conseguido. Con el paso del tiempo, lejos de mejorar, los problemas se fueron agravando. Ya no solo afectaban al Pasadizo, ya que la inseguridad se extendió por otras calles del barrio. Ante la dificultad de las autoridades para mantener el orden, en 1829 el Ayuntamiento de Madrid decide cerrarlo. Se colocan dos verjas, una cada lado del pasadizo que impiden el acceso.

En aquel momento seguramente estaba más que justificado su cierre. Pero, ¿por qué en la actualidad seguimos sin poder disfrutar de él? No hay un ningún motivo para que los madrileños nos veamos privados de este rincón de la ciudad.

No se sabe cuál es la razón de que el Pasadizo del Panecillo siga cerrado. Es un claro ejemplo de que, con el paso del tiempo, si no se hace nada, las cosas van adquiriendo cierto atisbo de legalidad. El simple detalle de que las llaves de las verjas no las tenga el Ayuntamiento, sino la Iglesia, es un ejemplo más en este sentido.

sábado, 17 de septiembre de 2022

La historia de la ‘tía Cotilla’

 

La tía Cotilla fue el mote por el que fue conocida María de la Trinidad, una mujer famosa en los barrios bajos madrileños, durante el reinado de Fernando VII que quedó inmortalizada en el acervo de personajes populares del madrileñismo tras su ejecución pública, el 25 de mayo de 1838. Se hizo tan conocida que acabó dejando su sobrenombre como sinónimo de persona murmuradora y entrometida en lo que no le importa. Está incorporada esa acepción al Diccionario de la Real Academia Española, junto con la de la prenda femenina que originó el mote. La cotilla es la ballena (especie de faja) que arma el corsé.


Ajusticiamiento de la 'tía Cotilla'.


La tía Cotilla se dedicaba con inusual celo al acoso y denuncia de cualquiera que le parecía de ideología liberal, en el periodo conocido como la Década Ominosa (1823-1833), en que los absolutistas estaban en el poder, para acabar ajusticiada el 25 de agosto de 1838, con 64 años, ya en el reinado de Isabel II, concretamente durante la regencia de María Cristina, bajo el régimen liberal. Los hechos sucedieron en el barrio de Las Maravillas (hoy conocido como Malasaña).

La utilización en la represión política de la nueva institución de control social que es la policía creada precisamente en esa época, es el marco en el que puede entenderse la red de espionaje y delación creada por la tía Cotilla, que pasó a ser en el imaginario popular una especie de contrafigura reaccionaria de la heroína liberal Mariana Pineda.

Algunos escritores y viajeros relatan que en el entorno de la Plaza Mayor de Madrid se formaron barricadas al grito de ¡Viva la libertad, vivan las juntas! el 15 de marzo de 1835, pero el levantamiento tuvo poco apoyo del pueblo y la Milicia fue desarmada por la Guardia Real. Frente a este movimiento, se levantó la población carlista del citado barrio de Maravillas al grito de ¡Viva don Carlos! Al frente de los carlistas y blandiendo una gran navaja iba María de la Trinidad, de más de 60 años, “la mujer más inmoral que ha visto el sol, y la más infame e indigna de vivir en sociedad”, según distintos testimonios.

Según las fuentes, la tía Cotilla se vio implicada en el asesinato de un miliciano. El viernes 25 de mayo de 1838 eran ejecutados por su participación en ese hecho María de la Trinidad (la tía Cotilla), natural de Madrid; Cayetano Siete Iglesias, de Colmenar Viejo y Ramón y Manuel Pérez, también de Madrid. La Cotilla enseguida se convirtió en un personaje recordado en la ciudad.

Un periódico de aquella época, El Correo Nacional, describía a la tía Cotilla como una vieja con la cabeza ida durante las horas previas a su ejecución. Aunque lo cierto es que no debía haber tanta unanimidad entre el pueblo acerca de la figura de esta mujer, una vecina la describía así: “Esa que veis, señor, es una gran mujer, de las que no se ven”. Lo que unos describen como desvaríos y tozudez -sus negativas a arrepentirse de las culpas-, otros debían verlo como muestra de integridad y valentía·. La tía Cotilla subió los doce escalones del patíbulo gritando “jamás perdonaré a mis enemigos”.

Estos sucesos se recordaron durante mucho tiempo, como demuestra el hecho de que Benito Pérez Galdós, en su Episodio Nacional “La Primera República” (escrito en 1911 ), aún sitúa en el entorno de la madrileña calle de la Roda el mentidero de la tía Cotilla, donde se arremolinaba el “grupo más ruidoso de la patriotería”.

sábado, 31 de octubre de 2020

El espejo del Callejón del Gato

 

Hace ya algunos días un colega de profesión escribía, con motivo del debate de la moción de censura de los ultraderechistas de Vox contra el presidente Pedro Sánchez, que “El choque Unidas Podemos-Vox era el espejo del Callejón del Gato”, una referencia también utilizada por el presidente de los populares, Pablo Casado, en el citado debate, lo que brinda una oportunidad para conocer la curiosa historia del Callejón del Gato.


El Callejón del Gato.


El Callejón del Gato es un pasaje peatonal ubicaddo en el corazón del Madrid antiguo, a pocos pasos de la Puerta del Sol. En esa callejuela, repleta ahora de restaurantes y tabernas, un comerciante instaló a principios del siglo XX dos espejos deformantes como reclamo para atraer clientes.


Sobre el Callejón del Gato existen numerosas leyendas e historias que resultan más que llamativas y que son dignas de conocer. La primera, más novelesca, cuenta que en esta calle existía hace muchos años un coto de caza, donde dieron capyura a un gran gato montés. Con su piel se hicieron unas botas para el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdova, regaladas por el cardenal Cisneros.


Como modelo se tomó las que había usado Carlomagno. Pero el inconveniente de las botas era que, al estar confeccionadas con de piel de gato, despedían un cierto “tufillo”, imperceptible para el olfato humano, pero absolutamente perceptible y atrayente para los felinos. A ellas acudían cada noche todos los gatos, que se colocaban en la antesala del Gran Capitán a hacer sus “aguas menores“, con lo que el ligero tufillo se convirtió poco a poco en un olor insoportable.

Cuando el Gran Capitán calzaba sus botas, los gatos de la vecindad se iban tras él, lo que le restaba no poco de su marcial apostura, por lo que las regaló a su ayuda de cámara, cosa que no agradó mucho al cardenal Cisneros.


En el Callejón del Gato estuvieron unos espejos hasta hace más de 50 años, de cuya existencia ya daba cuenta Ramón Gómez de la Serna, cuando escribió que “En El Callejón del Gato hubo hasta hace poco, calzados en la pared y del tamaño del transeúnte de estatura regular, dos espejos, uno cóncavo y otro convexo que deformaban en don Quijote y Sancho a todo el que se miraba en ellos”.


La misma reacción causaron los espejos en el lingüista y académico Alonso Zamora Vicente, quien señalaba que “Todos los madrileños que ya no somos muy jóvenes hemos ido a mirarnos alguna vez a los espejos de la Calle del Gato, alboroto infantil permanente, atracción de paseos ciegos y sin rumbo por la ciudad”.


Otas referencias se encuentran en “Luces de Bohemia” de Valle-Inclán publicada en 1924. La escena principal de su obra discurre en el Callejón, cuya denominación oficial es calle de Álvarez Gato, y que une las calles de Espoz y Mina y Núñez de Arce. El protagonista de la obra de Valle, Max Estrella y su amigo Don Latino de Hispalis en estado de embriaguez, se pasean por las calles nocturnas de Madrid terminando en el Callejón del Gato.

Hay que añadir que Juan Álvarez Gato fue un poeta madrileño del siglo XV, cristiano converso, que llegó a mayordomo de la reina Isabel la Católica, uno de cuyos poemas más notorios decía así: “Hoy comienzan mis dolores. Hoy pierde placer mi vida. Hoy será la despedida y la más triste partida que se hizo por amores”.